Cuando uno llega a una ciudad nueva, hay gente que gusta de buscar restaurantes, otros rastrillos, los aficionados al fútbol visitan el estadio del equipo local, y yo sin perjuicio de lo anterior, me siento atraído por los Teatros. ¿Dónde está el escenario de la ciudad? En estos días en que me encuentro en Chile, busqué ávidamente el Teatro Municipal de Santiago. Lo había visto en fotos, había oído hablar de él, y al doblar una esquina y agarrar la calle de Tenderini, las voces de un coro de ópera sonaron poderosas saliendo de un ventanal. Miré arriba, como Joan Ortega, amigo mío decorador suele sugerirme cuando voy por la calle, y ahí estaba el Teatro.
Estaban preparando el estreno del ballet “La Bayadera”, y dado que no me cuadraba por fechas poder ver el estreno, logré que me permitieran ver parte del ensayo, además de realizar una visita guiada individual por el edificio.

Fachada Teatro Municipal de Santiago
Se trata de una sala tradicional a la italiana de mediados del siglo XIX, y donde puedes imaginarte dada la importancia de las reuniones sociales de aquella época, el ambiente colonial de la clase alta de las primeras décadas de la independencia.
Algo que me llamó la atención, fue que el palco presidencial y el del alcalde, están situados justo a la misma altura que la orquesta, siendo los de peor visibilidad al escenario. Me explicó mi guía, que resultaba ser un joven músico, que era una cuestión de protagonismo, por un lado, al estar al mismo nivel que los artistas que representaban y, por otro lado, ya que los políticos no eran muy conocidos personalmente, para poder ganar exposición de cara al ciudadano, y se les pudiera reconocer.

Ensayo del ballet "La Bayadera"
Posee taller propio de decorado, vestuario, salas de ensayo de coro y orquesta, orquesta y cuerpo de baile estables y tres diferentes y bellos salones de entrada: el principal por la Plaza de Agustinas, y dos laterales, el de San Antonio y el de Tenderini, tomando el nombre de las calles de acceso.
Para los que hacemos teatro, existe una relación especial con el espacio. Una sensación de pertenencia, de comunión, sin ánimo de ponerme místico (¡O sí! ¿Por qué no? Que tampoco viene mal un poco de altura para ganar perspectiva de vez en cuando). Con el patio de butacas vacío, y recorriendo los palcos y el techo con la mirada, mientras los bailarines cruzaban la escena incansablemente con el acompañamiento de un piano, notaba una mezcla de emoción y calma. Y por unos instantes, aunque fuera por tan sólo unos instantes, la vulgaridad, la mediocridad, la mentira, la manipulación, la zafiedad, los irresponsables públicos, los malos gestores privados protegidos con dinero también público que en el día a día nos están rodeando a todos desde la prensa, se quedaban en la puerta y no lograban penetrar un lugar de inspiración, de arte, trabajo, sudor, ligereza, armonía. Ahora que lo pienso y lo escribo, quizá esa sea una de las razones por las que voy buscando este tipo de espacios.
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